“Yo compré la luna por 67,20 euros”

El mismo año que vino al mundo el humorista español Miguel Gila nació Jenaro Gajardo Vera.  Fue un 18 de noviembre de 1918 en la ciudad chilena de Traiguén. Traiguén en el idioma mapuche de ‘mapundungun‘ significa ‘salto del agua’ y ‘mapundungun’ quiere decir ‘gente de la tierra’. A Jenaro, según cuentan los diarios locales, desde muy pequeño le gustaba esperar a que el sol se acostara para poder ver las estrellas. Los chilenos tienen esa suerte. Ellos son los últimos que cada tarde despiden al sol durante los 365 días del año.

‘Nuestro’ chileno duró poco entre las montañas de su pueblo y decidió emprender un viaje 367 kilómetros hacia el norte. Allí, se encuentra Talca. Al pisar el suelo, le contaron los habitantes que aquí existía un club muy selecto con la gente más culta y poderosa de esta ciudad .  (Algo así como el mini ‘Club Bilderberg‘ local).  Jenaro, no se lo pensó dos veces y quería meter en su cartera la tarjeta de socio de esta asociación chilena.

Jenaro con el acta de compra entre sus manos

El lugar donde se reunían y debatían tenía en su entrada un rótulo: ‘El Club Talca’ . El 24 de septiembre de 1954 Jenaro se presentó debajo del letrero para acreditarse. Al llegar, le contaron que para tomar asiento en esta ‘zona vip’ se necesitaba, además de una profesión y una posición social alta, un bien de raíz. Es decir, al menos, una tierra o una casa. El primer requisito lo cumplía , pues este inquieto chileno estudió Derecho. El segundo, según dicen los testigos, también. “Sus arcas económicas guardaban bastantes billetes” aseguraban. No pasaba lo mismo con la tercera cláusula. Jenaro acababa de instalarse y no poseía todavía ningún bien material. No tenía nada. Se marchó indignado. Muy cabreado. Al salir, miraba al cielo esperando entre las estrellas alguna respuesta para consolar su disgusto.

Y de repente una idea pasó por su cabeza: reclamar la Luna como su propiedad. Así, como suena.  En menos de 24 horas se presentó ante el notario de Talca, don César Jiménez. Entró a su despacho y le dijo: “Yo soy el legítimo dueño de la Luna”. “¿Y esto cómo es posible ?” dijo el notario.  ”De la siguiente manera” reprochaba Jenaro. “Yo soy poseedor de ella desde antes de 1857″. Si uno hace cálculos, esto significa que este chileno tiene el único satélite natural de la Tierra 61 años antes de que  la cigüeña le llevara al balcón de su casa. ¿Y esto cómo puede ser?, se preguntarán.  Pues, al parecer, en aquella época si decías que tenías un terreno que no estaba a nombre de nadie desde antes de 1857, te pertenecía. Así de sencillo.  El Notario, según cuentan los diario chilenos, contestó: “La inscripción cumple con los requisitos, pero te van a tildar de loco”. “No importa”, respondió Jenaro.

Para corroborar su propiedad, se efectuaron tres publicaciones en el Diario Oficial. Además, tuvo que pagar una tremenda fortuna para aquella época: 42.000 pesos chilenos. (Ahora, esos pesos son 67, 20 euros).  Y con este ‘terreno’ bajo el brazo se presentó de nuevo en la puerta del  ’Club Talca’. Allí, puso el papel sobre la mesa. Hubo de todo: caras de sorpresas, carcajadas y mucho asombro entre los demás socios. Pero daba igual. El club lo aceptó. De hecho, cuentan que uno de los presentes le contestó: “En realidad nos has dado una lección”.

Hacienda, faltaría más, estuvo al quite de todo este tremendo alboroto y pidió cuentas. Se presentaron dos inspectores en la ciudad y le pidieron, lógico, el impuesto de propiedad. Jenaro les dijo que no había ningún problema por su parte pero, según la ley, ellos tenían que ir al lugar correspondiente. Hacienda, mal por su parte, decidió no viajar a la Luna para medir la nueva propiedad de ‘nuestro’ chileno.

Por si fuera poco, la historia de este hombre no termina aquí. Cuentan que en 1969, Jenaro contactó con un abogado de Washington D.C.  ¿El motivo? Se enteró que el presidente Nixon iba a mandar a tres astronautas para pisar sus tierras sin consultarle. De modo que el gobernante le hizo caso.  A su domicilio llegó una carta desde la Casa Blanca pidiendo permiso para pisar sus legítimas tierras.  Jenaro, tras consultarlo con su almohada, no vio impedimento alguno y le contestó con un sí rotundo.

El 3 de mayo de 1998 Jenaro Gajardo Verda se despidió por última vez de la Tierra. Ahora, quizás nos mira cada noche bailando un vals junto a Selene en la cara oculta de su Luna.

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